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La maravillosa arquitectura egipcia, parte IV

Los amantes de las pirámides saben que éstas no son únicamente un templo o una tumba que alberga el cuerpo de un faraón. No. Todos los que estamos inmersos en este fantástico mundo histórico sabemos que las pirámides entrañan más secretos de los que podríamos imaginar. Sus recovecos, adornados y unidos por pasadizos secretos, túneles cavados para mantener ocultos todos los secretos que ahora pretendemos revelar. Estar ante las pirámides es algo increíble, te hace sentir tremendamente pequeño pues su tamaño es grandioso. Lo más sorprendente es saber que todo lo que contemplamos está hecho por el hombre. Personas como nosotros que, en aquella época, carecían de derechos. Esclavos fustigados en constante agonía, moviendo piedras mientras su único pensamiento se centraba en terminar la jornada y volver a casa con sus familias. Si tan solo supieran las maravillas que crearon con tanto esfuerzo…

Es una verdadera pena que la erosión haya hecho acto de presencia, alterando negativamente la preciosa fachada que cubre estos monumentos. Los saqueos, por otra parte, sufridos por la Gran Pirámide hacen casi imposible determinar cómo se construyeron estas moles, las medidas exactas, los cálculos realizados. No se puede garantizar un error de diez centímetros siquiera, sobre todo en cuanto  a la longitud de la base, o la altura del monumento. Es un misterio que solo los pensadores de la época sabrían resolver con suma facilidad.

Maldiciones egipcias

Cuando se descubrió el Valle de los Reyes, la aportación arqueológica fue tal que hasta encontraron el cuerpo de un faraón momificado completamente intacto, que databa de tres mil años atrás. El gozo y la alegría duró poco al ver cómo, poco a poco, todos los descubridores de las tumbas egipcias iban muriendo, como si de una sucesión se tratara. Quien ingresaba en la cámara sepulcral, o guardaba una mínima relación con las momias, moría misteriosamente. Seis años después de su descubrimiento, fueron 35 las personas científicas muertas.

Cuando el arqueólogo inglés Howard Carter se aventuró por la cámara de Tutankamón, el viernes 17 de febrero de 1923, no se le pasó por la cabeza encontrar una estela de barro apenas visible en caracteres jeroglíficos que declaraban “La muerte golpeará a quien perturbe el sueño del faraón” Al igual que en este caso, los arqueólogos y expertos en egiptología suponían que todas las tumbas albergaban advertencias del mismo calibre. De todas formas, casi todos los sepulcros acabaron convirtiéndose en cámaras vacías de momias, estelas, vajillas y objetos preciosos. Es el motivo principal por el que nunca se sabrá qué consecuencias sufrieron los asaltantes de estas tumbas, contradiciendo las órdenes de los sumos sacerdotes.

El siglo XX ha estado lleno de leyendas y habladurías acerca de las maldiciones que sufrió tal o cual saqueador, todas algo confusas pues no se ha podido verificar la naturaleza de las mismas. Las cosas no se mostraron mejor cuando Carter y sus compañeros decidieron abrirse paso por la tumba de Tutankamon. Meses antes de aventurarse por la tumba, Carter encontró el pasillo que conducía directamente a la cámara funeraria del faraón. Por aquellos días, una cobra se comió a su canario. Las cobras eran los animales protectores de los sacerdotes egipcios, y este presagio fue tomado por el pueblo egipcio como el principio de futuras catástrofes. A pesar de aquel incidente, Carter, Lord Carnarvon y los demás muchachos se introdujeron en la tumba del faraón. Nada más entrar Carnarvon, un mosquito le picó, se infectó la picadura, y murió trece días después en el hospital de El Cairo. Momentos antes de su muerte, aseguró que se iba a reunir con Tutankamon. Casi en ese mismo instante, su perro en Inglaterra, murió de un infarto. Son muchos los misterios que se quedan en eso, simples misterios. Pero en este caso, puede que haya más verdad en estas leyendas de la que tratamos de ocultar.